SEGOVIA Y EL ESPINAR, DOS FESTIVALES DE ADULTOS DE NARRACIÓN ORAL



El Festival de Narradores Orales de Segovia que comenzó en el año 2000, se desarrolla durante una semana, de lunes a domingo. Esa semana suele ser la segunda o la tercera de julio. Al narrador se le invita tan sólo el día de su actuación, es decir, que actúa y se marcha, de modo que no coinciden. El Festival, que cuenta con el apoyo exclusivo del Ayuntamiento, no podría asumir los gastos derivados de la estancia y manutención durante una semana como se hace en otros sitios. Bien es verdad que en otros festivales hay muchas actuaciones simultáneas. 

En su próxima edición, el Festival de Narradores Orales de Segovia cumplirá diez años, es decir, un número redondo. El de El Espinar comenzó un año después. Ambos están consolidados, mucho más el de Segovia que se ha convertido en un acontecimiento cultural de primer orden para la ciudad y que provoca entusiasmo y fervor entre el público asistente. ¿Cómo se mide ese fervor? Por las colas y por el silencio que se masca en el patio de la Casa de Andrés Laguna, una casona noble, con brocal de pozo, donde se desarrollan las sesiones. En el patio caben apretadas 350 sillas. No se usa sonido. La entrada es libre, es decir no hay que pagar. Pero sólo una parte puede ver al narrador invitado de frente. Son las sillas más codiciadas. Para asegurarse tal privilegio mucha gente acude con tres cuartos de hora de antelación a la puerta que se abre con media hora de antelación al comienzo del espectáculo, es decir a las nueve y media de la noche. A veces la cola que se forma recorre ciento y pico metros. Odio las colas, me recuerdan escenas humillantes de la España franquista, pero ¿qué se puede hacer para evitarlas? Lo curioso es que, a las diez de la noche, cuando se escuchan las campanadas de la catedral y, como si se tratara de un rito, la gente espera con ansiedad la subida del narrador al pequeño escenario, ya no queda ni una sola silla libre. Los más rezagados han escuchan la sesión de pie o sentados en el suelo. Un día y otro día. Ahí esta parte del milagro. Me parece, en esa especie de rito que hace partícipe a la gente. ¿Qué tipo de gente acude? Heterogénea. Desde viudas y jubilados que se aprestan a coger su silla, hasta profesiones de todo tipo, funcionarios y jóvenes con inquietudes. Es un público interclasista. Como en El Espinar, aunque en El Espinar echo en falta la asistencia de ese fragmento de público joven que sí acude en Segovia. A veces, parte del público de Segovia se ha desplazo a El Espinar y unos pocos espinariegos son fieles del Festival de Segovia. 

Por lo demás, salvo el primer día que digo unas brevísimas palabras de bienvenida, desaparezco como director, es decir, me escabullo, dejando todo el protagonismo exclusivo al narrador. En literatura “lo que no da vida, mata”, decía Huidobro. Me molesta que se pierdan minutos previos esenciales en presentaciones estériles. Cuando vamos al teatro, lo que nos interesa es la función, no que el director nos explique qué ha pretendido hacer. Las interpretaciones las hace el público. La narración tiene mucho que ver con lo escénico. 

Sí, la narración tiene mucho que ver con lo escénico, pero también con la literatura. De ahí que, a la hora de elegir a los narradores, lo haga en función de su músculo literario. Cuentacuentos los hay por miles, algunos incluso ejercen con gracejo su oficio; narradores con fuste, que han desarrollado un mundo propio y lo muestran con talento narrativo, con riqueza léxica o gestual, con capacidad descriptiva, en definitiva, con enjundia, hay unos pocos. De ahí el marcado acento literario de los dos festivales que dirijo. Con excepciones maravillosas ante las que me rindo, por supuesto. Creo que entre la narración oral y la literatura escrita existen muchas concomitancias. Por ello, a lo largo de estos años entre los narradores orales invitados se han colado también escritores capaces de subirse al escenario y contar parte de su mundo narrativo: Bernardo Atxaga, Avelino Hernández, Tomás Sánchez Santiago (no se pierdan su novela “Calle Feria”), Ramón Mayrata, Carlos García Gual, Gustavo Martín Garzo... Y muchos de los narradores invitados participan también de la condición de escritores, aunque sea de manera secundaria, es decir, han desarrollado su capacidad narrativa frente al cuaderno. Algunos con verdadera maestría. 

Otro de los fenómenos que se han producido en estos años ha sido el cultivo del oído por parte del público. Un público cultivado no se conforma con cualquier cosa. Por ello el público me pregunta por los grandes narradores, me llama para saber si los voy a traer en la próxima edición. A este respecto recuerdo que tras la intervención de Quico Cadaval, se me acercó un señor mayor y me dijo que si Quico volvía a actuar en los próximos meses a doscientos kilómetros de Segovia y yo lo sabía que, por favor, que se lo hiciera saber porque no haría pereza para subir a su coche y presentarse donde actuara. Quico Cadaval ha sido uno de los mascarones del festival. Es más, lo mismo que Quico, Cándido Pazó, Bonifacio Ofogo, Soledad Felloza, Pablo Albo o Félix Albo... han sido requeridos luego por asociaciones profesionales o por asociaciones de cultura de los pueblos. Con ello la que sale ganando es la narración oral en su conjunto, por supuesto. 

Me hace mucha ilusión cuando parte de ese público me llama por teléfono para saber en qué fecha se va a desarrollar el festival porque no quieren que las vacaciones les coincidan. También recibo llamadas de gente de pueblos situados a más de 50 kilómetros que se han convertido en adictas. Es decir, el público es fundamental y cuidar a ese público exige una programación que esté a su altura. 

Lamentablemente algunos narradores, pocos, no han sabido estar a la altura. Tampoco yo que los programé fiándome a veces de consejos interesados. Y lo lamento y me digo que nunca más volverá a repetirse. Prefiero volver a invitar a un narrador que ya estuvo antes que correr riesgos innecesarios por bajar la guardia. 

Por supuesto, los mejores narradores que actúan en Segovia lo hacen después en El Espinar. O viceversa. 

A partir del quinto año y debido al éxito, al Festival, le creció una sección nueva: “La poesía también cuenta”. Se trata de poesía de corte narrativo y la función se desarrolla en el patio interior de la Casa-Museo Antonio Machado a las ocho de la tarde. Los invitados por lo general son grandes poetas, también rapsodas como Estrella Ortiz o Luis Felipe Alegre. En el caso de los poetas se les pide que reciten una tercera parte de su obra y dos terceras partes de la obra de poetas que ellos admiren. Es muy interesante la experiencia, aunque no goza del seguimiento masivo de los narradores. La poesía sigue siendo un género maldito para el gran público, quizá por el cripticismo y por ese ego tan grande que suelen tener los poetas. 

También desde el quinto año se cuentan cuentos a los niños en los parques. Lo hacen a las ocho de la tarde los propios narradores que luego actuarán en la Casa de Andrés Laguna. Con ello se deja claro que las actuación de la Casa de Andrés Laguna son exclusivamente para adultos. 

En Segovia hemos contado durante todos estos años con un apoyo fundamental en la persona del crítico Alfonso Arribas que escribe sus crónicas en El Norte de Castilla. Alfonso no se conforma con reseñar la actuación, sino que va mucho más allá, haciendo valoraciones técnicas. A más de un narrador le ha tirado de la oreja. Alfonso se ha convertido en una autoridad en la materia. No en balde habrá visto entre los narradores que asisten a la Tertulia de los Martes y los del Festival de Narradores Orales de Segovia cerca de cien. Esa experiencia le aporta un criterio solvente. 

Todo esto se afronta con un presupuesto relativamente pequeño, ridículo diría yo, sobre todo comparándolo con lo que gastan los ayuntamientos en actuaciones musicales y teatrales. Por ello me hizo mucha ilusión que una señora que se instaló durante un verano en Segovia y asistió a todo lo que se programaba durante el verano, cuando fue preguntada por un periodista para que destacara lo mejor, lo que más favorablemente la había impresionado, su respuesta fue: “Los narradores orales, sin lugar a dudas”. 

Sí, creo que la narración oral es una actividad civil y civilizada que ofrece mucho más por mucho menos. Pero requiere cierta condiciones para su desarrollo óptimo. Por ello debemos cuidarla y cuidar a ese público que participa activamente con la espesura cómplice de su silencio. En ese empeño seguiré esforzándome en los años venideros.

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